El mejor del mundo que sobrevivió a la guerra, Lucas Modric

Es el mejor jugador de la Fifa: ganó la Champions y fue subcampeón del Mundial.

Modric no juega para él. Juega para todos. La pelota en sus pies es el anticipo de los festejos. No porque él anote –aunque lo hace, y de qué manera–, sino porque un pase suyo equivale a la elaboración perfecta. Es un arquitecto que se pone el casco. Que dirige y coordina la obra dentro del césped. Este obrero vestido de gala fue el elegido como el The Best a mejor jugador de la Fifa, por encima de Cristiano Ronaldo, al que antes le hacía los pases en el Real Madrid, y del egipcio Mohamed Salah.

Ronaldo ya no está en el Madrid y tampoco estuvo en la gala. Es la estrella eclipsada por el pequeño Modric. Ambos ganaron la Champions por tercer año consecutivo.

Modric, sin embargo, brilló en el Mundial de Rusia. Fue el soporte sobre el que recayó el peso de la selección de Croacia, la subcampeona. Si el Mundial tuvo un protagonista emergente, The Best no se quedó atrás. Solo que ahora Modric no fue subcampeón.

Luka ya no es ningún jovencito: tiene 33 años. No es ningún desconocido: antes del Mundial ya era el cerebro rubio del Real Madrid. Pero, mucho antes de vestirse de blanco y ser subcampeón del mundo, Modric tenía una vida.

La infancia de Modric tuvo su particularidad. No solo fue la niñez de la pobreza, como les pasa a muchos futbolistas. Fue peor que eso. Modric creció en medio de la guerra. Las bombas fueron su lluvia. Las balas pasaban por la puerta de su casa. Su abuelo fue ejecutado ante sus ojos.

Tenía solo 6 años cuando tuvo que huir de la muerte con su familia, esconderse en las montañas, entre árboles, con hambre y frío, mientras el aguacero bélico caía sobre la región de Zadar, en Croacia, durante la guerra de los Balcanes. Y sin embargo, Modric jugaba al fútbol.

Como refugiado de guerra, tuvo un golpe de suerte: en un hotel donde se resguardaba con su familia, alguien lo vio pelotear. Fue el director del hotel el que se percató de su habilidad y lo puso en contacto con la escuela de fútbol de la región. La guerra avanzaba. La ciudad se derrumbaba. Las bombas caían. Y el niño Modric, callado, introvertido y muy frágil de contextura, peloteaba.